Dr. Rafael Falconí Montalván, Msc

Vicerrector Académico de la Universidad Técnica de Babahoyo

 

La Investigación, Una necesidad

Cuando la crisis afecta de manera incle­mente a la universidad se recurre a las acciones inmediatas que van a dar so­luciones aparentes, que tienden a saturar los espacios que por mucho tiempo décadas la universidad no había llenado. Ahora será nece­sario emprender funciones que estaban olvida­das o que jamás se habían pensado tomar con el afán de salir del callejón en que se encuentra.

Lo primero que nos deberíamos plantear es ¿cómo se ha concebido la educación superior? Ha sido solo una continuidad del fenómeno educativo tradicional donde al­guien denominado profesor hablaba a otros actores llamados estudiantes, quienes tenían la obligación de aceptar, sin reparos, ese dis­curso que por el tiempo de uso se había deteriorado (fotocopias, mimeografiados que ya no se entendían por la falta de conexión de un enunciado con otro), pero que la obligación los convertía en historia, en documento.

Más tarde arribaron las técnicas de apren­dizaje, los nombres de los autores no vienen al caso, y se los adaptó a lo “pedagogía” que se utilizaba; ahora la situación se tornó más difícil o más desagradable: sobre esos copiados hubo que aplicar diseños no razonados de manera adecuada y el estudio se transformó en una especie de atentado, lo que ayudó, de alguna manera, a la inserción de los estudiantes en grupos de control político para fortalecerse y hacer frente a un “enemigo” invisible: el descon­cierto. Ahora el estudio, la transmisión del conocimiento, tuvo un nuevo actor: la confron­tación. Leyes de tacha, salidas de profesores por diversas acusaciones llenaron los carteles y las paredes de la universidad, donde se llegó, en el mejor de los casos, a elaborar grafitos.

La historia transcurría sobre una uni­versidad inmóvil, anclada en su obesidad, la infraestructura crecía y las carreras iban naciendo como producto agrícola al in­terés de los directivos y dirigentes univer­sitarios, nadie se atrevía a cuestionar el conocimiento que se impartía. De pronto apareció, como si cayera del espacio, la in­vestigación y se la tomó como otro de los ingredientes que se iban a utilizar en este banquete. “No existe universidad sin in­vestigación”, se dijo. Entonces comenzó un proceso que no se lo estructuró de manera adecuada para que pudiera dar los resulta­dos esperados, ya que en muchos de los ca­sos no estaba relacionado con otras instan­cias, especialmente con la planificación y el desarrollo de las carreras de las facultades.